La vida de los presos del campo de concentración de Torremolinos era infrahumana. Dormían a la intemperie haciéndose hueco en la tierra, soportando lluvias, sin letrinas ni servicios médicos. A muchos los mataron y otros tantos murieron por enfermedad. Un capítulo triste que guarda la ciudad costasoleña.
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Una familia del barrio madrileño de Vallecas que se ha quedado sin prestaciones de desempleo y sale adelante gracias al banco de alimentos y la pensión del abuelo articula el reportaje, uno de los más duros que ha publicado The Economist con el Gobierno de Mariano Rajoy.
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